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viernes, 14 de marzo de 2014

Dedicado a mi hija



Siempre se daba cuenta de las cosas con retraso, el pasado se le da muy bien porque el presente no lo puede entender. Los que creía que eran sus amigos, no eran amigos de verdad, sino personas cuyos números de teléfono no ha perdido con el tiempo, y si se durmiese y despertara dentro de treinta años con el hilo musical de fondo en una residencia de ancianos desdentada y arrastrando los pies, no la preocuparía demasiado porque le quedarían dos telediarios y medio y los amigos perdidos en el tiempo o en la memoria,  igual que los amores acabados sin poder hacer nada por evitarlo. Serían eso, números de teléfono que vendió con la casa, no recodaría apenas el dolor.

Los recuentos en cuestión de sentimientos son algo chungo, sobre todo si las bofetadas hablando figuradamente, duelen todavía, y porque... ¿para qué? si agua pasada no mueve molino.

Ella salió un día de casa sola, sabiendo que de verdad la había dejado sola, que su soledad era el vacío de muchos años juntos, pero sabiendo que tenía otros motivos para seguir,  estaba sola de él sintiéndose inexacta  e inestable por momentos. Supo entonces, que la  dependencia  es un veneno que puede matar, y por la que se muere de amor aunque el cuerpo siga caminado.

Sucede ahora, que a veces anochece demasiado pronto y que el silencio lo envuelve todo. Lee poemas  y rompe estrofas para acercarse un poco más al aire que respira y no tener la sensación de falta de sentido al pensar que toda su vida parece incompleta.

Sin embargo, la veo sonreír levemente, con una sonrisa entre esperanzadora y triste, pero cada vez menos triste porque en sus ojos veo como una tenue luz que me llena el corazón de alegría. Poco a poco.